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Ébano Érase una vez un ruiseñor que tenía un plumaje negro y muy opaco, cuyo apelativo era Ébano. Como todo ruiseñor, éste pájaro tenía un trinar exquisito y potente, pero era un ave muy infeliz porque sentía mucha inconformidad por el color de su plumaje. Se había convertido en un ave iracunda y solitaria. Había decidido no llegar a formar una pareja pues no quería heredar su feo plumaje a sus polluelos. A pesar de su esfuerzo por hacer una vida solitaria, su alma sentía la necesidad de compartir con otras aves. Por las noches, cuando la mayoría de las aves pernoctaban en sus guaridas y en las ramas de los árboles, Ébano trataba de entablar una conversación con Dios para conseguir consuelo al dolor de su inconformidad. “Quisiera poder entender por qué me hiciste diferente. No parezco un ruiseñor, más bien parezco un cuervo que sabe cantar. Hablan mucho de que puedes hacer milagros. Dime qué tengo que hacer para que me concedas el milagro de que mi plumaje cambie de color.”
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    Rapunzel No era su cumpleaños ni era navidad, por eso Ingrid no le encontró justificación a que le dieran a ella aquella hermosa muñeca que había traído su Tío Isaac. Eran cuatro las niñas, dos hermanas mayores que ella y una menor, todas merecedoras de aquella muñeca y no encontraba la razón para ser la más afortunada de todas. Era una muñeca muy linda, con un vestido de seda precioso y un cabello rubio brillante, muy suavecito y largo. Sus hermanas mayores le tejieron una trenza y le dijeron que se llamaba Rapunzel. Rapunzel era la muñeca más grande y bonita que Ingrid había tenido hasta entonces; era como soñar despierta, era en realidad la muñeca más bella que había visto en su corta vida; no recordaba que alguna de sus hermanas hubiese poseído una muñeca como Rapunzel. Las cuatro niñas siempre jugaban juntas y compartían sus humildes juguetes; la mayoría de fabricación casera, confeccionados por las hábiles manos de su hermano Audo. La llegada de Rapunzel no creó
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Siete Cueros Entre tantos recuerdos bonitos de mi infancia que guardo en mi memoria están los momentos vividos en aquella casa que quedaba muy cerca de la orilla de nuestro lago. Fueron tres años los que vivimos en aquella casa, cuando yo comencé a ir a la escuela. Entre los muchos personajes que protagonizaron nuestras vivencias hay tres a quienes en mi escrito de hoy quiero mencionar, los tres tuvieron una característica común: a mi vista eran indigentes; personas sin hogar que vivían expuestos a las inclemencias de la intemperie y de la raza humana. De ninguno de ellos conocíamos sus nombres verdaderos, tal parece que conocer sus nombres reales no tenía la menor importancia, tal vez nadie nunca se dignó a preguntárselos; lo que sí parece haber sido tristemente importante fue ponerle un apodo alusivo a cada una de sus condiciones. Cada uno tenía un apelativo cómico para la vecindad, para ellos degradante: Pata e’ Piano, Corralín y Siete Cueros. Tenía yo entonces entre 6 y 8 a
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Una Lucia de Cristal Trataré una vez más de convertir un recuerdo en cuento. Mi madre nos contaba mucho de su niñez y de su adolescencia; sus anécdotas eran muy elocuentes y muchas de ellas se quedaron en mi mente como recuerdos que parecen que yo viví también, aunque su entorno geográfico y cronológico data de uno muy diferente al mío. Muchos de estos recuerdos se hacen más vivaces cuando puedo conversar de ellos con mis hermanos, cada uno recuerda un detalle que a otros de nosotros tal vez se nos fugó de la mente. Es muy regocijante convertirlos en cuentos y que todos después podamos compartir su lectura. Mi cuento de hoy versa sobre una lucia. A decir verdad, yo creo que nunca he visto una lucia en mi vida, ni le he escuchado decir a nadie que ha llegado a ver uno de estos reptiles. Puede ser que, sin detallarla mucho, la lucia pueda ser confundida con una lagartija común, pero quien de verdad sabe cómo es una lucia, pues las distingue rápidamente.  A continuación, he copiado
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Las Pailas del Infierno Año 1963, cursaba yo primer grado. Esta era la segunda vez que sucedía un hecho de esta naturaleza; una mano mal intencionada se había atrevido a cometer un hecho desleal que me comprometía. La primera vez, alguien puso en el compartimiento de mi pupitre la bolsita de papel con el almuerzo que llevaba Enrique. Cuando Enrique se soltó a llorar desconsoladamente porque su comida había desaparecido, la Señorita Maggie con toda la autoridad que le asistía dijo: “Nadie se puede mover de su pupitre, pues voy a revisar todo el salón.” Yo no sentí ningún temor de que la Señorita Maggie recurriera a tal procedimiento, porque yo no tenía nada que ver con la desaparición de la bolsita de comida de Enrique. Para mi bochornosa sorpresa, mi maestra encontró aquel objeto en cuestión, cuando revisó mi pupitre. Quien lloraba ahora era yo, y los ojos, acusadores y algunos burlones, de todos mis compañeritos de clase se posaban en mí como cuchillos punzantes. “¡Yo no me robé l
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  Mr. Buck Hay muchísimos pensamientos que tratan de poner en palabras lo que es nuestra luz interna; si pudiese hacer referencia a todos, escribiría un escrito extremadamente extenso, porque hablar de nuestra luz interna es un tema del poeta, del ensayista, del literato, del espiritualista, del teólogo, del romántico; en fin, de todo aquel ente que piense en esa luz que resplandece dentro de cada uno de nosotros. Hace ocho años más o menos, una muy querida amiga, Aura Elena Omaña, me regaló un pequeño libro de pensamientos. Aparte de haber sido un gesto muy lindo, esa recopilación de pensamientos me hicieron recordar mucho a mi papá, al leerlos tuve la sensación de que muchos de esos pensamientos habían sido la base de su filosofía de vivir. Uno de ellos tuvo un significado aún más especial, no puedo reconstruir sus palabras textuales, lo que sí me quedó grabado fue lo que a mí me transmitió al leerlo pues me hizo recordar una vivencia de cuando tenía 23 años.  “No importa en