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  Una Locha y Un Bolívar Había una vez un anciano, Don Simón, que se ganaba la vida vendiendo “ paledoñas ”; su esposa las hacía y él las vendía. Todas las mañanas salía con una olla llena de estos ricos manjares, siempre se paraba en la misma esquina a venderlas. Cada paledoña costaba 12.50 céntimos de bolívar. En aquellos buenos tiempos había una moneda que tenía este exacto valor y era conocida por el nombre “locha”. La locha era casi del mismo tamaño que un bolívar; el bolívar representaba 100 céntimos; por lo tanto, cada bolívar contenía 8 lochas. A una cuadra de donde se paraba Don Simón a vender sus paledoñas vivía una familia muy pobre. Audoeno y Alicia tenían 6 niños. Audoeno era un humilde carpintero que trabajaba arduamente para mantener a su familia. Cada bolívar representaba mucho para el sustento diario de este cuadro familiar. Una tarde uno de los niños se acercó a Alicia y le dijo: “Mamá tengo mucha hambre.” Aún faltaba mucho para la hora de la cena y ella no te
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Una Flauta para Nicolás Érase una vez un niño llamado Nicolás . Nicolás vivía con su abuelita en un pueblo pequeño; hacía muy poco tiempo que su abuelito había fallecido. El abuelito de Nicolás tenía una flauta y todas las noches la tocaba; Nicolás se sentaba en el piso muy cerca de su abuelito y se sentía transportado a un mundo de ensueño mientras escuchaba la melodía que su abuelito tocaba. Un día cuando su abuelito cayó muy enfermo lo llamó a su lecho y le regaló su flauta, “Ya pronto voy a quedarme dormido para siempre, pero siempre tendrás mi cariño. La música de esta flauta te ayudará a no sentirte solo, porque te acercará a amigos muy fieles.” Nicolás le dijo con lágrimas en los ojos, “Yo no quiero que te quedes dormido para siempre, yo quiero que seas tú el que toque la flauta. Yo no sé tocarla.” El abuelito sonrió, le limpió sus lágrimas y le dijo, “Claro que sabes tocarla, ya verás lo bien que la tocas.” Pocos días después, el abuelito de Nicolás cerró sus ojos para sumerg
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Lincho y Buzno Había dos potreros contiguos en las afueras de una ciudad; uno de los dos potreros era un criadero de caballos y el otro era un criadero de burros. Los caballos eran criados y entrenados para ser caballos de carrera y los burros eran adiestrados para transportar cargas pesadas. Estos criaderos estaban separados por una cerca alta a través de la cual ambas especies de équidos podían verse. Entre todos los caballos había uno llamado Lincho y entre los burros había uno llamado Buzno; ellos dos tenían algo en común y era que ambos vivían muy inconformes. Lincho estaba cansado de que lo hicieran correr, sentía que su vida se había convertido en rutinaria; ya no sentía ningún incentivo en mejorar su carrera. Aquello de correr para que el ganador fuese el jockey que lo montaba, le parecía muy absurdo. Encima, le daban latigazos para que corriera más rápido; y aquello de que le pusieran gríngolas era muy incómodo.  Lincho miraba hacia el potrero vecino, allí la vida
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¡Soó, Chivato!     Este cuento lo llegué a escuchar narrado por nuestro jocoso y siempre querido Tío Isaac Villalobos. Mi impresión es que este cuento era parte del acervo de cuentos de su padre, Abrahán Villalobos, mi abuelo Papabrán. Al escribirlo, he tratado de relatarlo lo más cercanamente posible al recuerdo que guardo de él.   ¡Soó, Chivato! Alicia tenía un patio lleno de muchas plantas; ella cuidaba sus plantas con mucho amor. Alicia amaba sus plantas casi tanto como a su numeroso grupo de hijos. Un día mientras amasaba la harina para hacer las arepas para la cena, vio por la ventana de su cocina un chivato muy grande y gordo que osadamente se comía las plantas de su florido jardín. El patio era muy largo y el atrevido chivato estaba casi al final del patio; si ella gritaba para espantarlo, lo más seguro era que aquel herbívoro no la escucharía y seguiría comiéndose plácidamente las hojas y las flores que adornaban su muy bien cuidado edén. Alicia tenía las manos emb
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El Elefante Adorado A veces las obras se devuelven como un bumerang. Así que voy a hacer una humilde sugerencia de aporte a este sitio web. Comienzo evocando la Maracaibo de los años setenta. En esa época, Mamá Ingrid no tenía hijos ni se había casado, pero Dios le había dado sobrinos a los que contaba cuentos o se los leía de los libros, dando desde esos remotos tiempos, muestras de su especial amor a los pequeños, y a toda su familia, así como también a la literatura. Por las noches, para que conciliáramos el sueño, nos leía en la casa de la abuela Alicia, y de toda la gran familia Petit Villalobos, nada más y nada menos que cuentos tan valiosos como los de "Las Mil y Una Noches". Yo los escuchaba con la atención que me era posible porque era inquieto, en una época en la que ya me sentía motivado a escribir y a leer lo que pudiera. De ese modo, dentro de sus relatos, me causó especial impresión una historia que yo pensé era de Las Mil y una Noches, plena de romanticismo y
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Una Moneda y Un Cuaderno Mi primer día de escuela quedó grabado en mi vida por el resto de mi existencia; esa marca indeleble fue sellada por una moneda. Cierro mis ojos para visualizar mejor la imagen de mis recuerdos, me veo pintada en mi mente; una niña muy delgada que estaba pronta a cumplir sus siete años, que no sabía todavía lo que significaba el comienzo de una vida de estudiante. He debido de ser una niña que se apasionaba por aquello que le gustaba hacer, pienso que a esa edad aún no había descubierto lo que era hacer algo con vehemencia, hasta que crucé el umbral de una escuela. Desde ese primer día en que me encontré sentada en un pupitre, en ese solemne instante, floreció en mí la primera pasión de mi vida: estudiar para prender mucho. Mi primer cuaderno de escritura tenía pocas hojas, era el de menor precio en el mercado de útiles escolares y el que con toda seguridad mis padres me podían comprar. Tenía suficientes hojas como para que a un alumno de primer grado l