Las Pailas del Infierno

Año 1963, cursaba yo primer grado. Esta era la segunda vez que sucedía un hecho de esta naturaleza; una mano mal intencionada se había atrevido a cometer un hecho desleal que me comprometía. La primera vez, alguien puso en el compartimiento de mi pupitre la bolsita de papel con el almuerzo que llevaba Enrique. Cuando Enrique se soltó a llorar desconsoladamente porque su comida había desaparecido, la Señorita Maggie con toda la autoridad que le asistía dijo: “Nadie se puede mover de su pupitre, pues voy a revisar todo el salón.”

Yo no sentí ningún temor de que la Señorita Maggie recurriera a tal procedimiento, porque yo no tenía nada que ver con la desaparición de la bolsita de comida de Enrique. Para mi bochornosa sorpresa, mi maestra encontró aquel objeto en cuestión, cuando revisó mi pupitre. Quien lloraba ahora era yo, y los ojos, acusadores y algunos burlones, de todos mis compañeritos de clase se posaban en mí como cuchillos punzantes. “¡Yo no me robé la comida de Enrique!” Le dije a mi muy querida maestra con palabras que navegaban en un llanto muy copioso. Ella bien me conocía y en ningún momento dudaría de mi honestidad; en lugar de infringir algún castigo o sanción en mí, me consoló, “Cálmese, yo sé que usted no lo hizo. Seguro que alguien por accidente lo guardó en el lugar equivocado.”

En esta segunda oportunidad, cuando regresé a mi casa después de un día de clases, encontré entre mis útiles el libro de lectura “Victoria”, que pertenecía a mi compañerita Yoly Zambrano, así lo acusaba el nombre que estaba estampado en la hoja de presentación del libro.

Era un libro nuevecito, con sus portadas empastadas aún muy brillantes y sin ningún raspón. El que yo tenía era un libro de segunda mano, los chances de llegar a tener un libro nuevo eran remotos. En la familia, los libros pasaban de las manos de los hermanos mayores o de los primos que ya habían cursado ese grado.

Me sentí muy impactada, más bien asustada porque no podía entender cómo ese libro se había mezclado con mis útiles y me lo había traído a mi casa. No le comenté nada a ninguno de mis hermanos ni a mi mamá, temía que no me creyeran que no me había apoderado de aquel libro indebidamente.

Me sentía muy incómoda y hasta culpable por mi silencio, pero también me encantaba poder tener un libro nuevo en mi poder y lo guardé celosamente.

Al otro día, no lo llevé conmigo a la escuela y cuando la Señorita Maggie preguntó si alguien había visto el libro de lectura de Yoly, no respondí nada.

Pasaron varios días en los que celosamente guardaba aquel secreto. Un secreto que me producía un sentimiento de ligera amargura y culpa, pero a pesar de ello me había quedado con el libro.

Regularmente, venía un sacerdote a la escuela para impartir una misa; cuando eso acontecía, todos los alumnos éramos congregados en el salón más grande de la escuela para participar del evento.

Las niñas formábamos una fila y los niños eran alineados a un lado de nosotras y caminábamos con toda formalidad hasta que éramos acomodados en el salón, que era precedido por la autoridad religiosa.

Ese día, cuando caminábamos hacia el salón donde se celebraría la misa, yo vi cuando a uno de los niños se le cayó un lápiz “Mongol”. El lápiz prácticamente rodó hasta mis pies, y en una reacción casi involuntaria me doblé a recogerlo, no le dije nada al niño que acababa de perderlo.

A mí y a mis hermanos no nos compraban lápices marca “Mongol”, nos compraban lápices de inferior precio y por supuesto de menor calidad, la diferencia entre las dos marcas era muy grande. Los lápices que nos podían comprar eran de grafito débil y se partía con mucha facilidad, su trazado era siempre muy grueso, nada estilizado; como consecuencia eran lápices de corta duración y el borrador se volvía boronas al borrar, se ennegrecía al borrar la primera vez y manchaba el papel. Ser poseedor de un lápiz Mongol era un privilegio prácticamente inalcanzable para nosotros.

Recoger aquel lápiz marcaba la primera vez que yo tenía un lápiz de aquella calidad en mi mano; lo sostuve con mucha fuerza y sin ningún titubeo me lo guardé en mi bolsillo.

El gusto de tener un lápiz Mongol en mi poder era más fuerte que cualquier sentimiento de culpabilidad, y hasta sentí que era muy afortunada por haber visto cuando el lápiz se le cayó al niño y haber podido recogerlo.

Durante la misa, a duras penas podía prestarle atención a la prédica del sacerdote, pues la emoción que sentía en mi pecho era sobrecogedora, “¡Tengo un lápiz Mongol nuevecito, es mío!” Estaba deseosa de que la misa terminara para poder ir a mi salón y escribir con mi lápiz Mongol.

El sacerdote comenzó a hablar de los Diez Mandamientos, entre ellos escogió el Séptimo Mandamiento, “No Robarás”.

El representante de la iglesia católica dijo con voz clara y severa que, “Aquel que roba es quemado en el aceite hirviente de las pailas del infierno.” Aquella sentencia nubló totalmente la euforia que yo sentía de tener en mi posesión aquel lápiz que había llegado a mis manos de una manera que algo me decía que era producto de un robo.

El escuchar aquellas palabras comenzó a resquebrajar el sentimiento de sentirme afortunada; comencé a sudar copiosamente y mi delgadito cuerpo comenzó a temblar febrilmente. No quería mirar a nadie pues temía que alguien que me hubiese visto cuando recogí el lápiz me estuviese mirando con ojos acusadores.

El resto del tiempo que duró aquella misa fue una angustiosa eternidad, sentía un delirio de pensamientos que se contradecían, “Yo no me robé el lápiz, yo me lo encontré”, “Yo vi cuando el lápiz se le cayó al niño y no le dije nada, eso es robar.”

Al regresar al salón no me saqué el lápiz del bolsillo, sentía mucho miedo de que el niño le dijera a la Señorita Maggie, “Cuando caminábamos hacia el salón de la misa se me cayó mi lápiz y yo vi quién lo recogió.” Pero eso no sucedió y regresé a mi casa con el lápiz Mongol en mi posesión, con un gran sentimiento de culpa y mucho miedo porque las pailas del infierno me aguardaban.

Antes de irme a dormir me acerqué a mi mamá y le dije con voz muy queda, “Mamá ¿Es verdad que en el infierno hay pailas de aceite caliente para freír a las personas que roban?”

Mamá me miró reflejando mucha curiosidad, “¿Quién te dijo eso?”

“Hoy hubo una misa en la escuela y el sacerdote lo dijo.” Le contesté evadiendo mirarla a los ojos por temor a que entendiera que pensaba que yo era una ladrona.

“Yo no creo saber más que un sacerdote; pienso que Dios existe y que Dios nos da la oportunidad de corregir nuestros pecados para que seamos perdonados.” Me dijo con mucha sutileza.

“¿Cómo se pueden corregir los pecados?” Le pregunté aún sin mirarla.

Me puso una mano suavemente en mi cabeza, “Eso depende de la falta que se haya cometido, algunos pecados son irreparables, otros los podemos enmendar. Nuestra conciencia es muy sabia y nos ayuda a saber cómo podemos enmendar nuestros pecados.”

“¿Qué es la conciencia, Mamá?” Le pregunté levantando mi mirada hasta encontrar sus ojos.

“Nosotros somos como una botellita que guarda adentro una amiguita que se llama “Conciencia”. La conciencia es invisible, y es muy sabia. Está allí para ayudarnos siempre; si no puede ayudarte entonces te dice, “Pregúntales a tus papás, a tus hermanos mayores o a tus maestros, siempre habrá alguien que te puede ayudar a enmendar un error que hayas cometido.”

Me quedé callada mirándola, “Anda mi niña, vete a dormir. A lo mejor puedes hablar con tu conciencia mientras duermes. Mañana si quieres, me cuentas si hay algo que te preocupa para ver si yo te puedo ayudar.” Me besó la frente.

Me sentí reconfortada luego de hablar con Mamá y obedientemente me fui a dormir. Prontamente, cuando el sueño se apoderó de mí, me vi caminando por la orilla del lago. Ese lago tan bonito cuya orilla estaba al cruzar la avenida que corría al salir del patio de nuestra casa.

Mamá siempre nos llevaba a ver nacer el sol, el aire era muy fresquito. Nos dejaba que nos quitáramos las cotizas y que chapaleáramos en la orilla en aquella agua lacustre tan fresca. Todos vivíamos un momento lleno de magia.

Cuando en mi sueño, iba caminando por la orilla del lago me encontré una botella que estaba casi toda cubierta de conchas marinas. Parecía que el lago la había decorado muy delicadamente.

La recogí y entonces vi que dentro de ella había una sirenita muy chiquitita que me sonreía y me saludaba con una de sus manos.

Escuché que me decía, “¡Hola!”

Sosteniendo la botella en mis manos, tuve que sentarme pues estaba muy sorprendida, “¿Quién eres tú?” Le pregunté con mucha curiosidad.

La sirenita sonrió, “Soy tu amiguita Conciencia. Yo sé que quieres hacerme algunas preguntas.”

Me sentí fascinada, “¿De verdad eres muy sabia?”

La sirenita se rio de muy buena gana, “¡Imagínate, soy tu conciencia y tú eres muy inteligente! Déjame decirte que yo sé lo que te preocupa.”

“No quiero que me quemen en las pailas del infierno.” Le dije con mucho sentimiento.

“¿Es eso lo único que te preocupa? ¿Acaso no te preocupa cómo se sienten Yoly porque perdió su libro y el niño que perdió su lápiz?” Me preguntó con mucha seriedad.

“Yo no me robé ninguna de las dos cosas. Alguien puso el libro de Yoly entre mis cosas y al niño se le cayó el lápiz.” Traté de explicarle.

“Entonces ¿Por qué temes que te frían en las pailas del infierno si piensas que no has cometido ningún robo?” Al escuchar sus palabras bajé mi mirada.

“Dime algo, ¿Tú vas a ser mejor estudiante o vas a aprender más por poder leer en un libro nuevo y por poder escribir con un lápiz Mongol?” Sentí que mi rostro se ponía rojo como la grana.

“Bien sabes que no. Algún día tendrás cosas mejores, porque tus papás o tú misma las puedan comprar. Las buenas acciones ya están en tu corazón porque estás siendo criada en un hogar digno y honesto. Duerme tranquila, mañana sabrás enmendar los errores que has cometido.”

Caminé hacia donde el agua del lago besaba la arena  y sentí que el agua fresca del lago me mojaba los pies, solté la botella suavemente  y vi cómo el próximo marullo se la llevó.

Cuando desperté en la mañana sentía mi mente despejada, abracé a Mamá y le dije: “Anoche soñé con mi Conciencia y de verdad sabe mucho.” Mamá sonrió y me enlazó en un fuerte abrazo.

Cuando me fui a la escuela, puse el libro de Yoly entre mis útiles y me guardé el lápiz Mongol en el bolsillo.

Al rato de estar ya en el desenvolvimiento de nuestra faena escolar, saqué el libro y le dije a Yoly, “Mira lo que acabo de encontrarme en este pupitre. Ese día que no lo encontraste entre tus cosas no buscaron bien.” El rostro de Yoly se iluminó de mucha felicidad, “¡Gracias por haber encontrado mi libro!” Sentí que me acababa de quitar un peso muy grande de mi cabeza.

Cuando salimos al recreo y vi donde estaba el niño dueño del lápiz Mongol, me lo saqué del bolsillo, fui hacia él y le dije: “Ayer me encontré este lápiz en el suelo y me dijeron que a ti se te perdió el tuyo. Debe ser tu lápiz.” El niño felizmente lo tomó y me dio las gracias.

Me sentí muy satisfecha, sentí que mi Conciencia se sentía orgullosa de mí y me juré que nunca más me arriesgaría a ser frita en las pailas del infierno.


 

Comentarios

  1. No hay peor aJuez que la Conciecia Y es de Sabios el Rectificar.Bendiciones Celina

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    1. Gracias, querida Celina. Tus palabras son muy acertadas. ¡Bendiciones siempre!gracias

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  2. Mil bendiciones amiga Ingrid por deleirtarme con tus
    cuentos que siempre nos dela una enseñanza .

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  3. El comentario siguiente fue enviado vía WhatsApp por Zaida Petit:

    “Me encantó, como todas tus historias. Esa actitud tuya ante lo que se te presentó en el colegio fue gracias a la educación recibida en nuestro hogar, la base que nos formaron nuestros padres; y tu gran inteligencia te ayudó a resolver esa incidencia que se te presentó y Dios con Su Sabiduría le permitió al sacerdote hablar sobre el séptimo mandamiento para hacerte saber y actuaras según tu conciencia. Te felicito que tan niña supiste actuar con rectitud.”

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  4. Cómo siempre muy buena historia, tu narrativa hace vivir lo relatado y tu imaginación siempre vuela ante cualquier objeto que te guste,como la foto de la botella; hacen un click y te brota cualquier historia bellamente contada.

    Arr.c

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    1. ¡Tu comentario me engalana mucho! Es muy bonito poder convertir los recuerdos en historias, porque se cuenta una verdad que se adorna con un poquito de fantasía. En Instagram, Kanakavon comentó: “Reconozco esa foto”. Pues esa foto fue tomada en el año 2007 por mi hijo y esta joven, en un paseo que hicieron a las playas de Falcón; desde que vi la foto le vi un toque mágico y me ha dado mucho gusto haberla podido incorporar a un recuerdo de mi niñez. ¡Bendiciones!

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  5. Gracias por esos cuentos vividos tan lindos. Q bueno es tener conciencia!!

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    1. ¡Gracias a ti por ser uno de mis lectores y por tu oportuno comentario!

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  6. El comentario siguiente fue enviado vía Facebook por Zulima Pedreañez:

    “La falta de conciencia es lo que nos tiene sumidos en este caos que estamos viviendo; si todos leyeran tu cuento y lo llevarán a la práctica, otro gallo cantara. Muy bueno. Gracias, queridísima Ingrid.”

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  7. El comentario siguiente fue enviado vía WhatsApp por Emelina Petit:

    “Tu historia es muy real, llama a la reflexión. Ojalá la leyeran muchos niños para que no los domine la tentación, incluso jóvenes y adultos. Cuando somos buenos siempre corregimos los errores. Te felicito, me enorgullece tu talento.”

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  8. El comentario siguiente fue enviado vía WhatsApp por Haydeé González:

    “¡Excelenteeee!!!

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  9. El comentario siguiente fue enviado vía WhatsApp por Yarelis Petit:

    “Buena enseñanza la de tu cuento.”

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  10. Te salvaste del aceite caliente!. No sé cuánto hay de cierto y cuánto hay de ficción en esta historia, pero está muy buena. La evocación de la orilla del lago fue el descanso perfecto en la narrativa llena de tensión. Ya casi me sentía que el que iba para esa Paila era yo!.

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    1. Gracias mi querido sobrino por seguir mis escritos. El cuento tiene un 90% de realidad, inclusive esa experiencia de caminar por la orilla del lago y sentir que los marullos juegaban con nuestros pies descalzos. ¡Te quiero GRANDOTE! ¡Dios te bendiga!

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  11. El comentario siguiente fue enviad vía Facebook por María Eugenia Rodríguez Llach:

    “¡Hermoso, Dios te continúe bendiciendo!

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